Por encima de los cañares pasaba el extremo de una gran vela. Al aparecer en un recodo del canal el laúd que conducía á la música, la muchedumbre prorrumpió en un grito, como si la enardeciera la vista de los pantalones rojos y los blancos plumeros que ondeaban sobre los morrioncillos.
La chavalería del pueblo, siguiendo la costumbre tradicional, luchaba por apoderarse del bombo. Metíanse los mozos agua adentro en aquel canal de hielo líquido, hundiéndose hasta el pecho con una intrepidez que hacía castañetear los dientes á los que estaban en la ribera.
Las viejas protestaban:
—¡Condenats!... ¡Pillaréu una pulmonía!
Pero los muchachos abalanzábanse á la barca, se agarraban á la borda, entre las risas de los músicos, pugnando por que les entregasen el enorme instrumento: «¡Á mí! ¡Á mí!...» Hasta que uno más audaz, cansado de pedir, lo agarró con tal ímpetu, que casi fué al agua el gran tambor, y echándoselo al hombro, salió de la acequia, seguido por sus envidiosos compañeros.
Los músicos, al desembarcar, se formaban frente á casa de Cañamèl. Desenfundaban sus instrumentos, los templaban, y el compacto gentío seguía á los músicos, silencioso y con cierta veneración, admirando aquel acontecimiento que se esperaba todo un año.
Al romper á tocar el ruidoso pasodoble, todos experimentaban sobresalto y extrañeza. Sus oídos, acostumbrados al profundo silencio del lago, conmovíanse dolorosamente con los rugidos de los instrumentos, que hacían temblar las paredes de barro de las barracas. Pero repuestos de esta primera sorpresa que turbaba la calma conventual del pueblo, la gente sonreía dulcemente, acariciada por la música, que llegaba hasta ellos como la voz de un mundo remoto, como la majestad de una vida misteriosa que se desarrollaba más allá de las aguas de la Albufera.
Las mujeres se enternecían, sin saber por qué, y deseaban llorar; los hombres, irguiendo sus espaldas encorvadas de barquero, marchaban con paso marcial detrás de la banda y las muchachas sonreían á sus novios, con los ojos brillantes y las mejillas coloreadas.
Pasaba la música como una ráfaga de nueva vida sobre aquella gente soñolienta, sacándola del amodorramiento de las aguas muertas. Gritaban sin saber por qué, daban vivas al Niño Jesús, corrían en grupos vociferantes delante de los músicos, y hasta los viejos se mostraban vivarachos y juguetones como los pequeñuelos, que con sables y caballitos de cartón formaban la escolta del músico mayor, admirando sus galones de oro.
La banda pasó y repasó varias veces la única calle del Palmar, prolongando la carrera para que el público quedase satisfecho metiéndose en los callejones que quedaban entre las barracas y saliendo al canal para retroceder otra vez á la calle, y el pueblo entero la seguía en estas evoluciones tarareando á gritos los pasajes más vivos del pasodoble.