En la madrugada siguiente el lago se conmovió con el estrépito de los masclets, como si en el Palmar se librase una batalla. Después se aglomeró en el canal la gente, mordiendo sus almuerzos metidos entre el pan. Esperaba á los músicos que venían de Valencia, y se hacía lenguas de la esplendidez de los clavarios. ¡Bien arreglaba las cosas el nieto del tío Paloma! ¡Por algo tenía á su alcance el dinero de Cañamèl!

Al llegar la barca-correo, bajó á tierra primeramente el predicador, un cura gordo, de entrecejo imponente, con una gran bolsa de damasco rojo que contenía sus vestiduras para el púlpito. Sangonera, impulsado par sus antiguas afabilidades de sacristán, se apresuró á encargarse del equipaje-oratorio, echándoselo á la espalda. Después fueron saltando á tierra los individuos de la capilla musical; los cantores con cara de gula y rizadas melenillas, los músicos llevando bajo el brazo los violines y flautas enfundados de verde, y los tiples, adolescentes amarillos y ojerosos, con gestos de precoz malicia. Todos hablaban del famoso all y pebre que se hacía en el Palmar, como si hubiesen hecho el viaje sólo para comer.

La gente les dejaba entrar en el pueblo sin moverse de la ribera. Quería ver de cerca los instrumentos misteriosos, depositados junto al mástil de la barca, y que unos cuantos mocetones comenzaban á remover. Los timbales, al ser trasladados á tierra, causaban asombro, y todos discutían el empleo de aquellos calderos, semejantes á los que se usaban para guisar el pescado. Los contrabajos alcanzaron una ovación, y la gente corrió hasta la iglesia siguiendo á los portadores de las guitarras gordas.

Á las diez comenzó la misa. La plaza y la iglesia estaban perfumadas por la olorosa vegetación de la Dehesa. El barro desaparecía bajo una gruesa capa de hojas. La iglesia estaba llena de candelillas y cirios, y desde la puerta se veía como un cielo obscuro moteado por infinitas estrellas.

Tonet había preparado bien las cosas, ocupándose hasta de la música que se cantaría en la fiesta. Nada de misas célebres, que hacían dormir á la gente. Eso era bueno para los de la ciudad, acostumbrados á las óperas. En el Palmar querían la miga de Mercadante, como en todos los pueblos valencianos.

Durante la fiesta se enternecían las mujeres oyendo á los tenores que entonaban en honor del Niño Jesús barcarolas napolitanas, mientras los hombres seguían con movimientos de cabeza el ritmo de la orquesta, que tenía la voluptuosidad del vals. Aquello alegraba el espíritu, según decía Neleta: valía más que una función de teatro y servía para el alma. Y mientras tanto, fuera, en la plaza, trueno va y trueno viene, se disparaban las largas filas de masclets, conmoviendo las paredes de la iglesia y cortando muchas veces el canto de los artistas y las palabras del predicador.

Al terminar, la muchedumbre se detuvo en la plaza esperando la hora de la comida. La banda de música, algo olvidada después de los esplendores de la misa, rompió á tocar á un extremo. La gente se sentía satisfecha en aquel ambiente de plantas olorosas y humo de pólvora, y pensaba en el caldero que le aguardaba en sus casas con los mejores pájaros de la Albufera.

Las miserias de su vida anterior parecían ahora de un mundo lejano al cual no habían de volver.

Todo el Palmar creía haber entrado para siempre en la felicidad y la abundancia, y se comentaban las frases grandilocuentes del predicador dedicadas á los pescadores; la media onza que le daban por el sermón y la espuerta de dinero que costaban seguramente los músicos, la pólvora, las telas con franja de oro manchadas de cera que adornaban el portal de la iglesia y aquella banda que los ensordecía con sus marciales rugidos.

Los grupos felicitaban al Cubano, rígido dentro de su traje negro, y al tío Paloma, que se consideraba aquel día dueño del Palmar. Neleta se pavoneaba entre las mujeres, con la rica mantilla sobre los ojos, luciendo el rosario de nácar y el devocionario de marfil de su casamiento. De Cañamèl nadie se acordaba, á pesar de su aspecto majestuoso y de la gran cadena de oro que aserraba su abdomen. Parecía que no era su dinero el que pagaba la fiesta: todos los plácemes iban á Tonet, en su calidad de dueño de la Sequiòta. Para aquella gente, el que no era de la Comunidad de Pescadores no merecía respeto. Y el tabernero sentía crecer en su interior el odio hacia el Cubano, que poco á poco se apoderaba de lo suyo.