Este mal humor le acompañó todo el día. Su mujer, adivinando el estado de su ánimo, tuvo que hacer esfuerzos de amabilidad durante la gran comida con que obsequiaron en el piso alto de la taberna al predicador y á los músicos. Hablaba de la enfermedad de su pobre Paco, que le ponía muchas veces de un humor endiablado, rogando á todos que le perdonasen. Á media tarde, cuando la barca-correo se llevó á la gente de Valencia, el irritado Cañamèl, viéndose solo con su mujer, pudo soltar toda la bilis.

Ya no toleraba por más tiempo al Cubano. Con el abuelo se entendía bien, por ser hombre trabajador, que cumplía sus compromisos; pero aquel Tonet era un perezoso, que se burlaba de él, aprovechando su dinero para darse una vida de príncipe, sin más méritos que su fortuna en el sorteo de la Comunidad. Hasta le quitaba la poca satisfacción que podía proporcionarle gastar tanto dinero en la fiesta. Todo se lo agradecían al otro; como si Cañamèl no fuese nadie, como si no saliese de su bolsillo el dinero para la explotación del redolí, y todos los resultados de la pesca no se le debieran á él. Acabaría por echar de su casa aquel vago, aunque perdiese con ello el negocio.

Neleta intervenía, asustada por la amenaza. Le recomendaba la calma; debía pensar que era él quien había buscado á Tonet. Además, á los Palomas los miraba ella como de la familia: la habían protegido en la mala época.

Pero Cañamèl, con una testarudez de niño, repetía sus amenazas. Con el tío Paloma, bueno: estaba dispuesto á ir á todas partes. Pero ó Tonet se enmendaba, ó rompía con él. Cada cual en su puesto: no quería partir más sus ganancias con aquel majo que sólo sabía explotarle á él y al pobre abuelo. El dinero le costaba mucho de ganar y no toleraba abusos.

La discusión entre los esposos fué tan acalorada, que Neleta lloró, y por la noche no quiso ir á la plaza, donde se celebraba el baile.

Grandes hachones de cera, que servían en la iglesia para los entierros, iluminaban la plaza. Dimòni tocaba en su dulzaina las antiguas contradanzas valencianas, la cháquera vella, ó el baile al estilo de Torrente, y las muchachas del Palmar danzaban ceremoniosamente, dándose la mano, cruzándose las parejas, como damas de empolvada peluca que se hubieran disfrazado de pescadoras para bailar una pavana á la luz de las antorchas. Después venía el ú y el dos, baile más vivo, animado por coplas, y las parejas saltaban briosamente, promoviéndose una tempestad de gritos y relinchos cuando alguna muchacha, al girar como una peonza, mostraba sus medias bajo la ondeante rueda de los zagalejos.

Antes de media noche, el frío disolvió la fiesta. Las familias se retiraban á sus barracas, pero quedaron en la plaza los jóvenes, la gente alegre y brava del pueblo, que se pasaba los dos días de fiesta en continua embriaguez. Presentábanse con la escopeta ó el retaco al hombro, como si para divertirse en un pueblo pequeño, donde todos se conocían, fuese preciso tener el arma al alcance de la mano.

Organizábanse les albaes. Había que pasar la noche, según la costumbre tradicional, corriendo el pueblo de puerta en puerta, cantando en honor de todas las mujeres jóvenes y viejas del Palmar, y para esta tarea los cantadores disponían de un pellejo de vino y varias botellas de aguardiente. Algunos músicos de Catarroja, muchachos de buena voluntad, se comprometieron á corear la dulzaina de Dimòni con sus instrumentos de metal, y la serenata de les albaes comenzó á rodar en la noche obscura y fría, guiada por una antorcha del baile.

Toda la juventud del Palmar, con su vieja arma al hombro, marchaba en apretado grupo tras el dulzainero y los músicos, que agarraban sus instrumentos con la manta, temiendo el frío contacto del metal. Sangonera cerraba la comitiva, cargado con el pellejo de vino. Con frecuencia creía llegado el momento de echar la carga en el suelo y preparaba el vaso para refrescar.

Comenzaba la copla uno de los cantores, entonando los dos primeros versos con acompasado baqueteo del tamborcillo, y le contestaba otro completando la redondilla. Generalmente, los dos últimos versos eran los más maliciosos, y mientras la dulzaina y los instrumentos de metal saludaban la terminación de la copla con un ruidoso ritornello, la gente joven prorrumpía en gritos y agudos relinchos y hacía salva disparando al aire sus retacos.