¡El diablo que durmiera aquella noche en el Palmar! Las mujeres, desde la cama, seguían mentalmente la marcha de la serenata, estremeciéndose con el estrépito y el tiroteo, y adivinaban su paso de una puerta á otra por las alusiones mortificantes con que saludaban á cada vecino.

En esta expedición, el pellejo de Sangonera no permanecía quieto mucho tiempo. Los vasos circulaban por los grupos, aumentando el calor en medio de la helada noche, y los ojos eran cada vez más brillantes, así como las voces se hacían roncas.

En una esquina dos jóvenes fueron á las manos por cuestión de quién debía beber antes, y después de abofetearse se separaron algunos pasos, apuntándose con las escopetas. Todos intervinieron, y á golpes les quitaron las armas. ¡Á dormir! ¡Les había hecho daño el vino: debían irse á la cama! Y los de les albaes siguieron adelante con sus cantos y relinchos. Estos incidentes entraban en la diversión; todos los años ocurrían.

Á las tres horas de lento paseo por el pueblo todos iban borrachos. Dimòni, con la cabeza pesada y los ojos cerrados, parecía estornudar en la dulzaina, y el instrumento gemía indeciso y vacilante como las piernas del tañedor. Sangonera, viendo el pellejo casi vacío, quería cantar, y coreado por un continuo ¡fòra, fòra! entre silbidos y relinchos, improvisaba coplas incoherentes contra los ricos del pueblo.

No quedaba vino, pero todos confiaban en dar fondo á la mitad de su viaje frente á casa de Cañamèl, donde renovarían la provisión.

Cerca de la taberna, obscura y cerrada, los de les albaes encontraron á Tonet envuelto en la manta hasta los ojos y enseñando por bajo de ella la boca del retaco. El Cubano temía la indiscreción de aquella gente; recordaba lo que él había hecho en noches iguales, y creía contenerlos con su presencia.

La comitiva, abrumada por la embriaguez y el cansancio, pareció recobrar nueva vida frente á la casa de Cañamèl, como si al través de las rendijas de la puerta llegase á todos el perfume de los toneles.

Uno cantó una canción respetuosa al siñor don Paco, halagándole para que abriese, apellidándolo la «flor de los amigos» y prometiendo las simpatías de todos si llenaba el pellejo. Pero la casa permaneció silenciosa: no se movió una ventana: no sonó el más leve ruido en su interior.

En la segunda copla ya le hablaban de tú al pobre Cañamèl, y la voz de los cantores temblaba con cierta irritación, que prometía una lluvia de insolencias.

Tonet mostrábase inquieto.