¡Che!... ¡No feu el pòrch!—decía á sus amigos con acento paternal.

¡Pero buena estaba la gente para oir consejos! La tercera copla fué para Neleta, «la mujer más resalada del Palmar», compadeciéndola por estar casada con el tacaño Cañamèl, «que para nada servía»... Y á partir de esta copla, la serenata se convirtió en un venenoso chaparrón de escandalosas alusiones. La concurrencia se divertía. Encontraban las coplas más gustosas aún que el vino, y reían con esa preferencia que muestra la gente rural por divertirse á costa de los infortunios. Se enfurecían todos haciendo causa común si á un pescador le quitaban un mornell que valía unos reales, y reían como locos cuando á alguien le robaban la mujer.

Tonet temblaba de ansiedad y de cólera. En ciertos momentos deseaba huir, presintiendo que sus amigotes irían demasiado lejos, pero le retenía el orgullo, con la falsa esperanza de que su presencia sería un freno.

¡Che! ¡Mireu lo que feu!—decía con un tono de sorda amenaza.

Pero los cantores se tenían por los muchachos más bien plantados del pueblo; eran los matoncillos que habían salido á la luz mientras él rodaba por las tierras de Ultramar. Tenían deseos de hacer ver que no les inspiraba ningún miedo el Cubano, y reían de sus recomendaciones, inventando apresuradamente coplas, que lanzaban como proyectiles contra la taberna.

Un muchachuelo, sobrino de la Samaruca, hizo desbordar la cólera de Tonet. Cantó una copla sobre la asociación de Cañamèl y el Cubano, diciendo que no sólo explotaban juntos la Sequiòta, sino que se repartían á Neleta, y terminó afirmando que pronto tendría la tabernera la sucesión que en vano pedía á su marido.

El Cubano se plantó de un salto en medio del corro, y á la luz de la antorcha se le vió levantar la culata del retaco, golpeando la cara del cantor. Como éste se rehiciera echando mano á su escopeta, Tonet dió un salto atrás, disparando su carabina casi sin apuntar... ¡La tormenta que se armó!... Perdióse la bala en el espacio, pero Sangonera creyó oir su silbido junto á la nariz y se arrojó al suelo dando espantosos alaridos.

¡M’han mòrt! ¡Asesino!...

En las casas se abrían las ventanas con estrépito, asomando sombras blancas, algunas de las cuales avanzaban el cañón de la escopeta sobre el alféizar.

Tonet fué desarmado en un instante, y empujado por muchos brazos, acorralado contra la pared, se agitaba como un furioso, pugnando por sacar el cuchillo que guardaba en la faja.