El Cubano se asoció al vagabundo. Era un buen compañero, del que podía sacar cierto partido. Tenía una vivienda que, aunque peor que una perrera, podía servirles de refugio.

Tonet sería el cazador y Sangonera el perro. Todo pertenecería á los dos por igual: la comida y el vino. ¿Estaba conforme el vagabundo? Sangonera se mostró alegre. Él también contribuiría al mantenimiento común. Tenía unas manos de oro para sacar los mornells de los canales y apoderarse de la pesca, volviendo otra vez las redes al agua. No era cual ciertos rateros sin escrúpulos, que, como decían los pescadores del Palmar, no sólo robaban el alma, sino que se llevaban el cuerpo, ó sea los bolsillos de malla. Tonet buscaría la carne y él el pescado. Trato hecho.

Desde entonces, sólo de tarde en tarde vieron en el pueblo al nieto del tío Paloma con la escopeta al hombro, silbando cómicamente á Sangonera, que marchaba tras de sus pasos con la cabeza baja, mirando astutamente á todos lados por si había algo aprovechable al alcance de sus zarpas.

Pasaban semanas enteras en la Dehesa, haciendo una vida de hombres primitivos. Tonet, en medio de su tranquila existencia en el Palmar, había pensado muchas veces con melancolía en sus años de guerra, en la libertad sin límites y llena de peligros del guerrillero, que, teniendo la muerte ante los ojos, no ve obstáculos ni barreras, y carabina en mano, cumple sus deseos sin reconocer otra ley que la de la necesidad.

Los hábitos contraídos en sus años de vida belicosa en plena selva los resucitaba ahora en la Dehesa, á cuatro pasos de poblaciones donde existían leyes y autoridad; con ramaje seco fabricábanse chozas él y su compañero en cualquier rincón de la arboleda. Cuando tenían hambre mataban un par de conejos ó palomas salvajes de las que revoloteaban entre los pinos; y si necesitaban dinero para vino y cartuchos, Tonet se echaba la escopeta á la cara y en una mañana lograba formar un racimo de piezas, que el vagabundo vendía en el Saler ó en el puerto de Catarroja, volviendo con un pellejo, que ocultaba en los matorrales.

La escopeta de Tonet, sonando con insolencia por toda la Dehesa, fué un reto para los guardas, que hubieron de abandonar su tranquila vida de solitarios.

Sangonera estaba al acecho como un perro mientras cazaba Tonet, y al ver con su aguda mirada de vagabundo la aproximación de los enemigos, silbaba á su compañero para ocultarse. Varias veces se encontró el nieto del tío Paloma frente á frente con los perseguidores y sostuvo gallardamente su voluntad de vivir en la Dehesa. Un día disparó un guarda contra él; pero momentos después, como amenazadora respuesta, oyó el silbido de una bala junto á su cabeza. Con el antiguo guerrillero no valían indicaciones. Era un perdido que no temía ni á Dios ni al diablo. Tiraba tan bien como su abuelo, y cuando enviaba la bala cerca, era porque sólo quería hacer una advertencia. Para acabar con él era preciso matarle. Los guardas, que tenían numerosa familia en sus chozas, acabaron por transigir mudamente con el insolente cazador, y cuando sonaba el estampido de su escopeta fingían oir mal, corriendo siempre en dirección opuesta.

Sangonera, aporreado y despedido de todas partes, sentíase fuerte y orgulloso bajo la protección de Tonet, y cuando entraba en el Saler miraba con insolencia á todos, como un perrillo ladrador que cuenta con el amparo del amo. Á cambio de esta protección afinaba sus condiciones de vigilante, y si de tarde en tarde alguna pareja de Guardia civil venía de la huerta de Ruzafa, Sangonera la adivinaba antes de verla, como si la husmease.

¡Els tricornios!—decía á su compañero—. ¡Ya están ahí!

Los días en que se veían por las inmediaciones de la Dehesa correajes amarillos y tricornios charolados, Tonet y Sangonera se refugiaban en la Albufera. Metidos en uno de los barquitos del tío Paloma, iban de mata en mata disparando sobre las aves, que recogía el vagabundo, habituado á meterse en agua hasta la barba en pleno invierno.