Las noches de tempestad, obscuras y lluviosas, que esperaba el tío Paloma como una bendición, por ser las de las grandes pescas, las pasaban Tonet y Sangonera metidos en la barraca de éste, refugiados en un rincón, pues el agua entraba á chorros por los desgarrones de la cubierta.

Tonet estaba á dos pasos de su padre, pero evitaba verle, temiendo su mirada severa y triste. La Borda venía cautelosamente á cambiar la ropa de Tonet, á prestar esos cuidados de que sólo es capaz una mujer. La pobre muchacha, fatigada del trabajo del día, remendaba los harapos á la luz de un farol, cerca de los dos vagabundos, sin dirigirles una palabra de reproche, osando únicamente alguna mirada á su hermano con expresión de pena.

Cuando los dos compañeros pasaban la noche solos, hablaban, sin dejar de beber, de sus pensamientos más íntimos. Tonet, habituado por el ejemplo de Sangonera á una continua embriaguez, no pudo resistir el peso de su secreto, y comunicó al camarada sus amores con Neleta.

El vagabundo intentó protestar en el primer momento. Aquello estaba mal hecho. «No desearás la mujer de tu prójimo.» Pero á continuación, llevado del agradecimiento á Tonet, encontró excusas y justificaciones para la falta, con su burda casuística de antiguo sacristán. La verdad era que tenían cierto derecho para quererse. De haberse conocido después de casada Neleta, sus relaciones resultarían un enorme pecado. Pero se trataban desde niños; habían sido novios, y la culpa era de Cañamèl, por meterse donde nadie le llamaba, turbando sus relaciones. Bien merecía lo ocurrido. Y recordando las veces que el gordinflón le arrojó de la taberna, reía satisfecho de su infortunio conyugal y se daba por vengado.

Después, cuando no quedaba vino en la bota y comenzaba á languidecer el farolillo, Sangonera, con los ojos cerrados por la embriaguez, hablaba desordenadamente de sus creencias.

Tonet, acostumbrado á esta charla, dormitaba sin oirle, mientras la montera de paja de la barraca se conmovía con los empujones del vendaval, dejando filtrar la lluvia.

Sangonera no se cansaba de hablar. ¿Por qué era desgraciado él? ¿Por qué sufría Tonet, ensimismado y aburrido desde que no podía aproximarse á Neleta?... Porque en el mundo todo era injusticia; porque la gente, dominada por el dinero, se empeñaba en vivir al revés de como Dios manda.

Y aproximándose al oído de Tonet, le despertaba, hablando con voz misteriosa de la próxima realización de sus esperanzas. Los buenos tiempos se acercaban. Él estaba ya en el mundo. Lo había visto, como veía ahora á Tonet, y le había tocado á él, pobre pecador, con su mano, de una divina frialdad. Y por décima vez relataba su encuentro misterioso en la orilla de la Albufera. Volvía del Saler con un paquete de cartuchos para Tonet, y en el camino que bordea el lago había sentido una profunda emoción, como si se aproximase algo que paralizaba sus fuerzas. Las piernas se le doblaron y cayó al suelo, deseando dormir, anularse, no despertar más.

Era que estabes borracho—decía Tonet al llegar á este punto.

Pero Sangonera protestaba. No; no estaba ebrio. Aquel día bebió poco. La prueba era que permaneció despierto á pesar de que el cuerpo se negaba á obedecerle.