Terminaba la tarde: la Albufera tenía un color morado; á lo lejos, en las montañas, se enrojecía el cielo con oleadas de sangre, y sobre este fondo, avanzando por el camino, vió Sangonera un hombre que se detuvo al llegar junto á él.
El vagabundo se estremecía al recordarlo. La mirada dulce y triste, la barba partida, la cabellera larga. ¿Cómo iba vestido? Sólo recordaba una envoltura blanca, algo así como túnica ó blusa muy larga, y á la espalda, como abrumado por su peso, un enorme armatoste que Sangonera no podía definir. Tal vez era el instrumento de un nuevo suplicio, con el cual se redimirían los hombres... Se inclinó sobre él, y toda la luz del crepúsculo pareció concentrarse en sus ojos. Tendió una mano y rozó con sus dedos la frente de Sangonera, con un contacto frío, que le estremeció desde la raíz del cabello hasta los talones. Murmuró con voz dulce unas palabras armoniosas y extrañas que el vagabundo no pudo comprender, y se alejó sonriendo, mientras él, á impulsos de la emoción, caía en un profundo sueño, para despertar horas después en la obscuridad de la noche.
No le había visto más, pero era Él, estaba seguro. Volvía al mundo para salvar su obra, comprometida por los hombres: iba otra vez en busca de los pobres, de los sencillos, de los míseros pescadores de las lagunas. Sangonera debía ser uno de los elegidos; por algo le había tocado con su mano. Y el vagabundo anunciaba con el fervor de la fe el propósito de abandonar á su compañero apenas se presentase de nuevo el dulce aparecido.
Pero Tonet protestaba con mal humor, viendo interrumpido su sueño, y le amenazaba con voz fosca. ¿Quería callar? Le había dicho muchas veces que aquello no era más que un ensueño de borracho. De estar claro y en seco, que es como debía cumplir sus encargos, hubiese visto que el hombre misterioso era cierto italiano vagabundo, que pasó dos días en el Palmar afilando cuchillos y tijeras, y llevaba á la espalda la rueda de su oficio.
Enmudecía Sangonera por miedo á la mano de su protector, pero su fe se escandalizaba, rebelándose en silencio contra las vulgares explicaciones de Tonet... ¡Volvería á verle! Tenía la certeza de oir de nuevo su lenguaje dulce y extraño, de sentir en su frente la mano helada, de ver su sonrisa suave. Únicamente le entristecía la posibilidad de que el encuentro se repitiera al terminar la tarde, cuando él hubiese apagado muchas veces su sed y viera paralizadas las piernas.
Así pasaban el invierno los dos compañeros: Sangonera acariciando las más extravagantes esperanzas; Tonet pensando en Neleta, á la que no veía nunca, pues el joven, en sus raros viajes al Palmar, se detenía en la plaza de la Iglesia, no osando aproximarse á la casa de Cañamèl.
Esta ausencia, prolongándose meses y meses, hacía crecer en su memoria el recuerdo de la pasada felicidad, agrandándola con engañosa desproporción. La imagen de Neleta llenaba sus ojos. La veía en la selva donde se perdieron de niños, en el lago donde se entregaron rodeados del dulce misterio de la noche. No podía moverse en el círculo de agua y fango donde se desarrollaba su vida sin tropezar con algo que se la recordase. Aguijoneado por la abstinencia y enardecido por el vigor de su vida errante, dormía Tonet muchas noches con sueño agitado, y Sangonera le oía llamar á Neleta con el rugido del macho inquieto.
Un día, Tonet, arrastrado por esta pasión que le enloquecía, sintió la necesidad de verla. Cañamèl, cada vez más enfermo, había ido á la ciudad. El Cubano entró resueltamente en la taberna á mediodía, cuando todos los parroquianos estaban en sus casas y podía encontrar á Neleta sola tras el mostrador.
La tabernera, al verle en la puerta, dió un grito, como si se presentara un resucitado. Un relámpago de alegría pasó por sus ojos; pero inmediatamente se entenebrecieron, como si la razón reapareciese en ella, y bajó la cabeza con gesto huraño é inabordable.
—¡Vesten, vesten!—murmuró—. ¿Es que vòls pèdrem?