¡Perderla él!... Y esta suposición le causó tal pena, que no osó protestar. Instintivamente retrocedió, y por pronto que quiso arrepentirse de su debilidad, ya estaba en la plaza, lejos de la taberna.

No intentó volver. Cuando pensaba ir á ella á impulsos de su contenida pasión, bastaba el recuerdo de aquel gesto para que inmediatamente le dominara una gran frialdad. Todo estaba acabado entre los dos. Cañamèl, de quien se burlaba en otro tiempo, era un obstáculo insuperable.

El odio que sentía hacia el marido le hacía ir en busca de su abuelo, creyendo que cuanto realizara contra éste era en perjuicio del esposo de Neleta. ¡Dinero! ¡quería dinero! ¡Se enriquecían con la Sequiòta, y á él, que era el amo, lo olvidaban! Estas demandas producían entre abuelo y nieto discusiones y enfados, que milagrosamente no acababan á golpes en la orilla del canal. Los barqueros viejos se asombraban ante la paciencia que mostraba el tío Paloma para convencer á su nieto. El año era malo; la Sequiòta no daba el resultado que esperaban; además, Cañamèl estaba enfermo y se mostraba intratable. El mismo tío Paloma deseaba en ciertos momentos que acabase el año y viniera nuevo sorteo, para enviar al diablo un negocio que tantos disgustos le proporcionaba. Su antiguo sistema era el bueno: que cada uno pescase para él: ¡compañías, ni con la mujer!...

Cuando Tonet conseguía arrancar algunos duros á su abuelo, silbaba alegremente á Sangonera, y de taberna en taberna iban hasta Valencia, pasando varios días de crápula en los bodegones de los arrabales, hasta que la ligereza de los bolsillos les obligaba á volver á la Albufera.

En las conversaciones con su abuelo se había enterado de la enfermedad de Cañamèl. En el Palmar no se hablaba de otra cosa, por ser el tabernero la primera persona del pueblo, ya que casi todos, en los momentos de apuro, solicitaban sus favores. Cañamèl se agravaba en sus dolencias: no era aprensión, como todos creían al principio. Su salud estaba quebrantada, pero al verle cada vez más grueso, más hinchado, desbordando grasa, la gente declaraba con gravedad que iba á morir de exceso de salud y buena vida.

Cada vez se quejaba más, sin poder precisar dónde estaba su mal. El reuma traidor, producto de aquella tierra pantanosa, ayudado por una vida de inmovilidad, se paseaba por su corpachón, jugando al escondite, perseguido por las cataplasmas y los remedios caseros, que nunca podían alcanzarle en su loca carrera. El tabernero se quejaba por la mañana de la cabeza y á la tarde del vientre ó de la hinchazón de las extremidades. Las noches eran terribles, y más de una vez saltaba del lecho y abría la ventana en pleno invierno, afirmando que se ahogaba en la habitación, no encontrando en ella aire para sus pulmones.

Hubo un momento en que creyó haber desenmascarado su enfermedad. ¡Ya la tenía! ¡Y conocía el nombre de la pícara! Cuando comía mucho, era mayor la dificultad en la respiración y sentía violentas náuseas. Su enfermedad estaba en el estómago. Y comenzó á medicinarse, reconociendo que el tío Paloma era un sabio. Lo que él tenía era exceso de comodidades, como decía el barquero; la enfermedad de comer demasiado y beber bien. La abundancia era su enemigo.

La Samaruca, su terrible cuñada, se había aproximado á él desde que expulsó á Tonet de la taberna. Al fin, como afirmaba ella con fiereza de arpía, su cuñado había tenido vergüenza una vez.

Salía á su encuentro cuando Cañamèl paseaba por el pueblo; le llamaba fuera de la taberna—pues no se atrevía á presentarse ante Neleta dentro de su casa, segura de que la pondría en la puerta—, y en estas entrevistas se enteraba con exagerado interés de la salud del cuñado, lamentando sus locuras. Debía haber permanecido solo después de la pérdida de la difunta. Había querido hacer el chaval casándose con una muchacha, y todo lo tenía: disgustos y falta de salud. Aquella imprudencia le salía al exterior, y gracias que no le costase la vida.

Cuando Cañamèl le habló de la enfermedad del estómago, la maliciosa comadre fijó en él una mirada de asombro, como si por su pensamiento pasase una idea que á ella misma la asustaba. ¿Era realmente en el estómago donde tenía el mal?... ¿No le habrían dado algo para acabar con él? Y el tabernero, en los malignos ojos de la mala vieja vió una sospecha tan clara, tan odiosa contra Neleta, que se enfureció, faltando poco para que la pegase. ¡Arre allá, mala bestia! Ya lo decía la pobre difunta, que temía á su hermana más que al demonio. Y volvió la espalda á la Samaruca, proponiéndose no verla más.