¡Sospechar tales horrores de Neleta!... Nunca se había mostrado su mujer tan buena y solícita con él. Si algo de rencor quedaba en el tío Paco de la época en que Tonet se hacía dueño de la taberna con el apoyo silencioso de su mujer, había desaparecido ante la conducta de Neleta, que olvidaba todos los asuntos del establecimiento para pensar sólo en su marido.
Dudaba ella del saber de aquel médico casi ambulante—triste jornalero de la ciencia que llegaba dos veces por semana al Palmar, aconsejando la quinina á todo pasto, como si no conociera otro medicamento—, y arrollando la creciente pereza de su marido, le vestía como á un pequeño, colocándole cada prenda entre quejidos y protestas de reumático, y lo llevaba á Valencia para que le examinasen los médicos de fama. Ella hablaba por él, aconsejándole como una madre para que hiciese todo cuanto le mandaban aquellos señores.
La respuesta era siempre la misma. No tenía más que un reuma, pero un reuma fuerte, que no se localizaba en parte alguna, que dominaba todo el organismo como resultado de su juventud agitada de vagabundo y de la vida perezosa y sedentaria que llevaba ahora. Debía agitarse, trabajar, hacer mucho ejercicio, y, sobre todo, privarse de excesos. Nada de beber, pues se adivinaba en él la profesión de tabernero aficionado á trincar con los parroquianos. Nada de otros abusos. Y los médicos bajaban la voz, completando con guiños significativos sus recomendaciones, que no osaban formular claramente en presencia de una mujer.
Volvían á la Albufera animados por repentina energía después de oir á los médicos. Él estaba dispuesto á todo: quería agitarse, para echar lejos aquella grasa que envolvía su cuerpo abrumando sus pulmones; iría á los baños que le recomendaban; obedecería á Neleta, que sabía más que él y asombraba con su desparpajo á aquellos señores tan graves. Pero apenas entraba en la taberna, toda su voluntad se desplomaba; se sentía agarrado por la voluptuosidad de la inercia, no atreviéndose á mover un brazo más que á costa de quejidos y supremos esfuerzos. Pasaba los días junto á la chimenea, mirando el fuego, con la cabeza vacía, bebiendo copas á instancias de los amigos. ¡Por una más no iba á morir! Y si Neleta le miraba severamente, riñéndole como á un niño, el hombretón se excusaba con humildad. Él no podía despreciar á los parroquianos; había que atenderlos; el negocio era antes que la salud.
En este desaliento, con la voluntad muerta y el cuerpo agarrotado por el dolor, su instinto carnal parecía crecer, aguzándose de tal modo, que le atormentaba á todas horas con pinchazos de fuego. Experimentaba cierto alivio buscando á Neleta. Era un latigazo que conmovía su ser y tras el cual los nervios parecían calmarse. Ella le reñía. ¡Se estaba matando! ¡debía recordar los consejos de los médicos! Pero el tío Paco excusábase lo mismo que al beber una copa. Por una vez más no iba á morir. Y ella cedía con resignación, brillando en sus ojos de gata una chispa de maligno misterio, como si en el fondo de su ser sintiera un goce extraño por este amor de enfermo que aceleraba el fin de una vida.
Cañamèl gemía, dominado por el carnal instinto. Era su única diversión, su constante pensamiento en medio de la dolorosa inmovilidad del reuma. Por la noche se ahogaba al tenderse en el lecho: tenía que esperar el amanecer sentado en un sillón de cuerda junto á la ventana, con doloroso resuello de asmático. De día sentíase mejor, y cuando se cansaba de tostar sus piernas ante el fuego, entrábase con paso vacilante en las habitaciones interiores.
—¡Neleta... Neleta!—gritaba con voz ansiosa, en la que su mujer adivinaba una súplica.
Y Neleta iba allá con gesto resignado, abandonando el mostrador á su tía, permaneciendo oculta más de una hora, mientras sonreían los parroquianos, enterados de todo por su vida casi en común con los taberneros.
El tío Paloma, que así como se aproximaba el término de la explotación del redolí era menos respetuoso con su consocio, decía que Cañamèl y su mujer se perseguían en la taberna como los perros en plena calle.
La Samaruca afirmaba que estaban asesinando á su cuñado. La tal Neleta era una criminal y su tía una bruja. Entre las dos habían dado algo al tío Paco que le trastornaba el juicio: tal vez los polvos seguidores que sabían fabricar ciertas mujeres para vencer el desvío de los hombres. Así andaba el pobre, rabioso tras ella, sin apagar nunca su sed, perdiendo cada día un nuevo jirón de salud. ¡Y no había justicia en la tierra para castigar este crimen!...