Halagada, sin embargo, por el apasionamiento de Tonet, que corría á ella tan pronto como la consideraba sola, la tabernera se durmió pensando en su amante. Había que dejar correr el tiempo. Tal vez, cuando menos lo esperasen, retoñaría la antigua felicidad.
La vida de Tonet había sufrido un nuevo cambio. Volvía á ser bueno, á vivir con su padre, á trabajar en los campos, que estaban casi cubiertos de tierra, gracias á la tenacidad del tío Tòni.
Los desmanes del Cubano en la Dehesa habían terminado. La Guardia civil de la huerta de Ruzafa visitaba con frecuencia la selva. Aquellos soldados bigotudos, de cara inquisitorial, hacían llegar hasta él su resolución de contestar con una bala de mauser el primer escopetazo que disparase entre los pinos. El Cubano aprovechó la advertencia. Las gentes del correaje amarillo no eran como los guardas de la Dehesa: podían dejarlo tendido al pie de un árbol y después pagaban con un pedazo de papel dando cuenta del hecho. Licenció á Sangonera, y otra vez volvió el vagabundo á su vida errante, coronándose de flores de los ribazos cuando estaba ebrio y buscando por el lago la mística aparición que tanto le había impresionado.
Tonet, por su parte, colgó la escopeta en la barraca de su padre y juró ante éste un arrepentimiento eterno. Quería que le tuvieran por hombre grave. Sería para el tío Tòni respetuoso y bueno, como éste lo había sido con el abuelo. Acababan para siempre las calaveradas. El padre, enternecido, abrazó á Tonet, lo que no había hecho desde que volvió de Cuba, y juntos se entregaron al enterramiento de los campos con el ardor del que ve su obra próxima á terminar.
La tristeza daba nuevas fuerzas á Tonet, endureciendo su voluntad. Impulsado por la pasión, que le roía las entrañas, había rondado varias noches en torno de la taberna, sabiendo que Neleta estaba sola. Había visto entreabrirse levemente las hojas de una ventana y volver á cerrarse. Sin duda le había reconocido, y á pesar de esto permanecía muda, inabordable. Nada debía esperar. Sólo le quedaba el cariño de los suyos. Y cada vez se unía más al tío Tòni y la Borda, participando de sus ilusiones y sus penas, compartiendo con ellos la miseria y admirándoles con la sencillez de sus costumbres, pues apenas bebía y pasaba las veladas relatando al padre sus aventuras de guerrillero. La Borda mostrábase radiante de felicidad, y cuando hablaba con alguna vecina era para elogiar á su hermano. ¡El pobre Tonet! ¡cuán bueno era! ¡cómo alegraba al padre cuando quería!...
Neleta abandonó repentinamente la taberna para ir á Ruzafa. Tan grande fué su prisa, que no quiso esperar la barca-correo, y llamó al tío Paloma, para que en su barquito la condujese al Saler, al puerto de Catarroja, á cualquier punto de tierra firme desde donde pudiera dirigirse á Ruzafa.
Cañamèl estaba muy grave: agonizaba. Para Neleta no era esto lo más importante. Su tía había llegado por la mañana con noticias que la dejaron inmóvil de sorpresa tras el mostrador. La Samaruca estaba en Ruzafa hacía cuatro días. Se había metido en la casa como parienta, y la pobre tía no osaba protestar. Además llevaba con ella á un sobrino, al que quería como un hijo, y que vivía con ella: el mismo á quien Tonet había pegado la noche de les albaes. Al principio, la enfermera calló, con su bondad de mujer sencilla: eran parientes de Cañamèl, y no tenía tan mal corazón que fuese á privar al enfermo de estas visitas. Pero después oyó algunas de las conversaciones de Cañamèl y su cuñada. Aquella bruja se esforzaba por convencerle de que nadie le quería como ella y el sobrino. Hablaba de Neleta, asegurando que, tan pronto como él emprendió el viaje, el nieto del tío Paloma entraba en su casa todas las noches. Además... (aquí vacilaba de miedo la vieja) el día anterior se presentaron en la casa dos señores conducidos por la Samaruca y su sobrino: uno que preguntaba á Cañamèl con voz queda y otro que escribía. Debía ser cosa de testamento.
Ante esta noticia, Neleta se mostró tal como era. Su vocecita mimosa, de dulzonas inflexiones, se tornó ronca; brillaron como si fuesen de talco las claras gotas de sus ojos, y por su piel blanca corrió una oleada de verdosa palidez.
—¡Recordóns!—gritó como un barquero de los que concurrían á la taberna.
¿Y para esto se había casado ella con Cañamèl? ¿Para esto aguantaba una enfermedad interminable, esforzándose por aparecer dulce y cariñosa? Vibraba en pie dentro de ella, con toda su inmensa fuerza, el egoísmo de la muchacha rústica que coloca el interés por encima del amor.