En el primer impulso quiso golpear á su tía, que le comunicaba tales noticias á última hora, cuando tal vez no había remedio. Pero la explosión de cólera le haría perder tiempo, y prefirió correr á la barca del tío Paloma con tanta prisa, que ella misma empuñó una percha para salir cuanto antes del canal y tender la vela.

Á media tarde entró como un huracán en la casita de Ruzafa. Al verla la Samaruca palideció, é instintivamente fué de espaldas á la puerta; pero apenas intentó retirarse, la alcanzó una bofetada de Neleta, y las dos mujeres se agarraron del pelo mudamente, con sorda rabia, revolviéndose, yendo de un lado á otro, chocando contra las paredes, haciendo rodar los muebles con las manos crispadas hundidas en el moño, como dos vacas uncidas que se pelearan con las cabezas juntas sin poder separarse.

La Samaruca era fuerte é inspiraba cierto miedo á las comadres del Palmar, pero Neleta, con su sonrisita dulce y su voz melosa, ocultaba una vivacidad de víbora y mordía á su enemiga en la cara con un furor que la hacía tragarse la sangre.

¿Qué es això?—gemía en una habitación inmediata la voz da Cañamèl, asustado por el estruendo—. ¿Qué pasa?...

El médico, que estaba con él, salió del dormitorio, y ayudado por el sobrino de la Samaruca, pudo separar á las dos mujeres, después de grandes esfuerzos y de recibir no pocos arañazos. En la puerta se agolpaban los vecinos. Admiraban el ciego ensañamiento con que riñen las mujeres, y alababan el coraje de la rubia pequeñita, que lloraba por no poder desahogarse más.

La cuñada de Cañamèl huyó, seguida de su sobrino; cerróse la puerta de la casa, y Neleta, con los pelos en desorden y la blanca tez enrojecida por los arañazos, entró en el cuarto del marido después de limpiarse la sangre ajena que manchaba sus dientes.

Cañamèl era una ruina. Las piernas hinchadas, monstruosas: el edema, según decía el médico, se extendía ya por el vientre, y la boca tenía la lividez azul de los cadáveres.

Parecía aún más enorme sentado en un sillón de cuerda, con la cabeza hundida entre los hombros, sumido en un sopor de apoplético, del que sólo lograba salir á costa de grandes esfuerzos. No preguntó la causa del estruendo, como si la hubiese olvidado instantáneamente, y sólo al ver á su mujer hizo un torpe gesto de alegría y murmuró:

Estic molt mal... molt mal.

No podía moverse. Tan pronto como intentaba acostarse se ahogaba, y había que correr á levantarlo como si hubiese llegado su última hora.