Neleta hizo sus preparativos para quedarse allí. La Samaruca no se burlaría más. No soltaba á su marido hasta llevárselo bueno al pueblo.
Pero ella misma hacía un gesto de incredulidad ante la esperanza de que Cañamèl pudiera volver á la Albufera. Los médicos no ocultaban su triste opinión. Se moría de un reumatismo cardíaco, de asistolia. Era enfermedad sin remedio; el corazón quedaría falto de contracción en el momento menos esperado y acabaría la vida.
Neleta no abandonaba á su marido. Aquellos señores que habían escrito papeles cerca de él no se apartaban de su pensamiento. La enfurecía el amodorramiento de Cañamèl; quería saber qué es lo que había dictado bajo la maldita inspiración de la Samaruca, y le sacudía para hacerle salir de su sopor.
Pero el tío Paco, al reanimarse un momento, contestaba siempre lo mismo. Todo lo había dispuesto bien. Si ella era buena, si le quería como tantas veces se lo había jurado, nada debía temer.
Á los dos días murió Cañamèl en su sillón de esparto, asfixiado por el asma, hinchado, con las piernas lívidas.
Neleta apenas lloró. Otra cosa la preocupaba. Cuando el cadáver hubo salido para el cementerio y ella se vió libre de los consuelos que le prodigaban las gentes de Ruzafa, sólo pensó en buscar al notario que había redactado el testamento y enterarse de la voluntad de su esposo.
No tardó en lograr su deseo. Cañamèl había sabido hacer bien las cosas, como afirmaba en sus últimos momentos.
Declaraba su heredera á Neleta, sin mandas ni legados. Pero ordenaba que si ella volvía á casarse ó demostraba con su conducta sostener relaciones amorosas con algún hombre, la parte de su fortuna de que podía disponer pasase á su cuñada y á todos los parientes de la primera esposa.