Su humor desigual y nervioso convertía las noches de amor en agitadas entrevistas, durante las cuales alternaban las caricias con las recriminaciones, y faltaba poco para que se mordieran las bocas que momentos antes se besaban. Por fin, una noche, Neleta, con palabras entrecortadas por la rabia, reveló el secreto de su estado. Había enmudecido hasta entonces, dudando de su desgracia; pero ahora, tras dos meses de observación, estaba segura. Iba á ser madre... Tonet se sintió aterrado y satisfecho al mismo tiempo, mientras ella continuaba sus lamentaciones. Aquello podía haber ocurrido viviendo Cañamèl sin peligro alguno. Pero el demonio, que sin duda andaba de por medio, había creído mejor hacer surgir el obstáculo en momentos difíciles, cuando ella estaba interesada en ocultar sus amores para no dar gusto á los enemigos.
Tonet, pasado el primer momento de sorpresa, la preguntó con timidez qué pensaba hacer. En el temblor de su voz adivinó ella los ocultos pensamientos del amante y rompió á reir con una carcajada irónica, burlona, que revelaba el temple de su alma. ¡Ah! ¿creía que por esto iba á casarse? No la conocía. Podía estar seguro de que antes se mataba que ceder ante sus enemigos. Lo suyo era muy suyo; y lo defendería. ¡De ésta no se casaba Tonet, pues para todo hay remedio en el mundo!...
Pasó esta explosión de rabia por la jugarreta que se permitía la Naturaleza, sorprendiéndolos cuando más seguros se creían; y Neleta y Tonet continuaron su vida como si nada ocurriese, evitando hablar del obstáculo que surgía entre ellos, familiarizándose con él, tranquilos porque su realización era aún remota y confiando vagamente en cualquier circunstancia inesperada que pudiera salvarles.
Neleta, sin hablar de ello al amante, buscaba el medio de deshacerse de la nueva vida que sentía latir en sus entrañas, como una amenaza para su avaricia.
La tía, asustada por sus confidencias, hablaba de remedios poderosos. Recordaba sus conversaciones con las viejas del Palmar al lamentarse de la rapidez con que se reproducen las familias en la miseria. Por consejo de su sobrina, iba á Ruzafa ó entraba en la ciudad para consultar las curanderas que gozaban de obscura fama en las últimas capas sociales, y volvía allá con extraños remedios, compuestos de ingredientes repugnantes que volcaban el estómago.
Tonet, muchas noches sorprendía en el cuerpo de Neleta emplastos hediondos, á los que la tabernera concedía la mayor fe: cataplasmas de hierbas silvestres, que daban á sus veladas de amor un ambiente de brujería.
Pero todos los remedios demostraban su ineficacia con el curso del tiempo. Pasaban los meses y Neleta se convencía con gran desesperación de la inutilidad de sus esfuerzos.
Como decía la tía, aquel ser oculto estaba bien agarrado, y en vano luchaba Neleta por anularlo dentro de sus entrañas.
Las entrevistas de los amantes durante la noche eran borrascosas. Parecía que Cañamèl se vengaba, resucitando entre los dos, para empujarlos el uno contra el otro.
Neleta lloraba de desesperación, acusando á Tonet de su desgracia. Él era el culpable: por él veía comprometido su porvenir. Y cuando, con la nerviosidad de su estado, se cansaba de insultar al Cubano, fijaba sus ojos iracundos en el vientre, que libre de la opresión á que estaba sometido durante el día para burlar la curiosidad de los extraños, parecía crecer cada noche con monstruosa hinchazón. Neleta odiaba con furor salvaje el ser oculto que se movía en sus entrañas, y con el puño cerrado se golpeaba bestialmente, como si quisiera aplastarlo dentro de la cálida envoltura.