Tonet también lo odiaba, viendo en él una amenaza. Contagiado por la codicia de Neleta, pensaba con terror en la pérdida de una parte de aquella herencia que consideraba como suya.
Todos los remedios de que había oído hablar confusamente en las libres conversaciones entre barqueros los aconsejaba á su amante. Eran pruebas brutales, atentados contra la Naturaleza que ponían los pelos de punta, ó remedios ridículos que hacían sonreír; pero la salud de Neleta se burlaba de todo. Aquel cuerpo, en apariencia delicado, era fuerte y sólido y seguía en silencio cumpliendo la más augusta función de la Naturaleza, sin que los malvados deseos pudieran torcer ni retardar la santa obra de la fecundidad.
Pasaban los meses. Neleta tenía que hacer grandes esfuerzos, sufrir inmensas molestias para ocultar su estado á todo el pueblo. Se apretaba el corsé por las mañanas de un modo cruel, que hacía estremecerse á Tonet. Muchas veces la faltaban las fuerzas para contener el desbordamiento de la maternidad.
—¡Tira... tira!—decía ofreciendo al amante los cordones de su corsé con un gesto fiero, apretando los labios para contener los suspiros de dolor.
Y Tonet tiraba, sintiendo en la frente un sudor frío, estremeciéndose de la voluntad que demostraba aquella mujercita, rugiendo sordamente y tragándose las lágrimas de su angustia.
Se pintaba el rostro y echaba mano de toda la perfumería barata para mostrarse en la taberna fresca, tranquila y hermosa como siempre, sin que nadie pudiese leerle en el rostro los síntomas de su estado. La Samaruca, que husmeaba como un perdiguero en torno de la casa, presentía algo anormal al lanzar sus rápidas miradas pasando por la puerta. Las demás mujeres, con la experiencia de su sexo, adivinaban lo que ocurría á la tabernera.
Un ambiente de sospecha y de vigilancia parecía formarse en torno de Neleta. Se murmuraba mucho en las puertas de las barracas. La Samaruca y los parientes disputaban con las mujeres que no querían aceptar sus afirmaciones. Las comadres chismosas, en vez de enviar á sus pequeños á la taberna por vino ó aceite, iban en persona á plantarse ante el mostrador, buscando con varios pretextos que la tabernera se levantase de la silla, que se moviera para servirlas, mientras ellas la seguían con mirada voraz, apreciando las líneas de su talle agarrotado.
—Sí que está—decían unas con aire de triunfo al avistarse con las vecinas.
—No está—gritaban otras—. Tot son mentires.
Y Neleta, que adivinaba la causa de tantas idas y venidas, acogía con sonrisa burlona á las curiosas... ¡Tanto bueno por aquí! ¿Qué mosca les había picado, que no podían pasar sin verla?... ¡Parecía que en su casa se ganaba un jubileo!...