—Tú, Cubano, ascolta.
Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...
Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.
—Me paese... me paese que ese muchachito se la va a cargar por torpe.
Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.
Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El Menut era un chillón que no valía un papel de fumar, y si se atrevía a hacer pinitos ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.
Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo, frente a frente.
Que la que aquí es prima donna,
reina en mi casa será...á...á
Pero al hacer una pausa se oyó la voz del Menut, que decía lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase: