—Tú eres un morral... sí señor; un morral.
Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo, lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.
Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias blasfemias.
Y el Cubano de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa, y en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.
—¡Ay, mare mehua!... ¡Mare mehua!
Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre e inmundicia.
Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la siñá Serafina, en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.
Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el Menut, le escupía a la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el barrio:
—¡Lladre!... ¡Granuja!...
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.