Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que, asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.

Res; còses d’hòmens.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.

La cencerrada


I

Todos los vecinos de Benimuslín acogieron con extrañeza la noticia.

Se casaba el tío Sènto, uno de los prohombres del pueblo, el primer contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella cara morena, con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros, que parecían adormecerse tras las largas pestañas entre los dos rodetes de apretado y brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus sienes.

Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito, que entre una inmensidad de viñas y olivares alzaba sus negruzcos tejados, sus tapias de blancura deslumbrante, el campanario con su montera de verdes tejas y aquella torre cuadrada y roja, recuerdo de los moros, que destacaba soberbia sobre el intenso azul del cielo su corona de almenas rotas o desmoronadas como una encía vieja.