El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía estar el tío Sènto para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres tradicionales. ¿Cuándo se había visto a un hombre que era dueño de la cuarta parte del término, con más de cien botas en la bodega y cinco mulas en la cuadra, casarse con una chica que de pequeña robaba fruta o ayudaba en las faenas de las casas ricas para que la diesen de comer?

Todos decían lo mismo. ¡Ah, si levantase la cabeza la siñá Tomasa, la primera mujer del tío Sènto, y viese que su caserón de la calle Mayor, sus campos y su estudi, con aquella cama monumental de que tan orgullosa estaba, iban a ser para la mocosuela que en otros tiempos la pedía una rebanada de pan!

Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de adoración con que contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía todas sus palabras y las actitudes de chaval con que se mostraba a los cincuenta y seis años bien cumplidos. Y las que más protestaban contra aquel hecho inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que, siguiendo las egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente en entregar su morena mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la exuberante panza con la faja de seda negra y mostraba sus ojillos pardos y duros bajo el sombraje de unas cejas salientes y enormes que, según expresión de sus enemigos, tenían más de media arroba de pelo.

La gente estaba conforme en que el tío Sènto había perdido la razón. Cuanto poseía antes de casarse y todo lo que había heredado de la siñá Tomasa, iba a ser de Marieta, de aquella mosca muerta que había conseguido turbarle de tal modo, que hasta las devotas a la puerta de la iglesia murmuraban si la chica tendría hecho pacto con el malo y habría dado al viejo polvos seguidores.

El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fue grande. Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la siñá Tomasa. Aquello era un robo, sí señor; la difunta se lo había dejado todo a su marido, creyendo que no la olvidaría jamás, y ahora el muy ladrón, a pesar de sus años, buscaba un bocado tierno y le regalaba lo de la otra. No había justicia en la tierra si aquello se consentía. ¡Pero vaya usted a reclamar en estos tiempos! Bien decía don Vicente, el siñor retor, que ahora todo está perdido. Debía mandar don Carlos, que es el único que persigue a los pillos.

Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían perjudicados por el futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración casi todos los vecinos de Benimuslín.

El caso era que tal casamiento no acabaría bien. Aquel vejestorio atacado de rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada. ¡Pequeños iban a ser los adornos!... Todo el pueblo sabía que Marieta tenía un novio, Tòni el Desgarrat, un vago que había pasado la niñez con ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería con buen fin, esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar y perder la costumbre de beberse en la taberna los cuatro terrones de su herencia en compañía de su amigo el dulzainero Dimòni, otro perdido que venía a buscarle del inmediato pueblo para tomar juntos famosas borracheras, que dormían en los pajares.

Los parientes de la siñá Tomasa miraban ahora con simpatía al Desgarrat. Este se encargaría de vengarles.

Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la cara al encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera amonestación, plantándose ante el muchachote, que estaba sentado en un taburete de cuerda con la vistosa manta sobre las rodillas, la colilla pegada al labio y la mirada fija en el porrón, que herido por un rayo de sol, reflejaba inquieta mancha roja sobre el cinc de la mesilla.

Che, Desgarrat —le decían con sorna—, Marieta se casa.