Volvieron a sentarse todos a la revuelta mesa, en la cual el vino derramado y los residuos de la comida formaban repugnantes manchas.
Pero allí no se ganaba para sustos, y algunas respetables matronas saltaron de sus asientos, afirmando entre chillidos medrosos que algo iba por debajo de la mesa que las pellizcaba las abultadas pantorrillas.
Eran los chicos que, no ahítos de confites, buscaban a gatas los residuos de la batalla.
—¡Qué granujería tan endemoniada! ¡Pachets... fòra fòra!
Y a coscorrones fue expulsada aquella invasión de desvergonzados buscadores.
Pues señor, bien iba la boda. Había que reconocer que la gente se divertía.
Y fuera gangueaba la dulzaina, haciendo locas cabriolas, como si estuviera contagiada de aquel regocijo tan brutal como ingenuo.
IV
A las diez de la noche quedaba ya poca gente en casa de los novios.
Desde el anochecer que comenzaron a salir del establo los carritos y las caballerías enjaezadas. La mayoría de los convidados emprendían el regreso a sus pueblos, cantando a grito pelado y deseando a los novios una noche feliz.