Los de Benimuslín se retiraban también, y en las oscuras calles veíase a más de una mujer tirando trabajosamente del vacilante marido, que era incapaz de excesos en los días normales, pero que en una fiesta se ponía alegre como cualquier hombre.
La vieja tartana del notario saltaba sobre los baches del camino, dormitando don Julián con las gafas en la punta de la nariz y dejando que guiase su escribiente, a pesar de que este se sentía tan trastornado como su principal.
Ya no quedaban en la casa más que los padres de Marieta y algunos parientes.
El tío Sènto mostraba impaciencia. Cada mochuelo a su olivo. Después de un día tan agitado, ya era hora de dormir. Y bajo las enormes cejas brillábanle los ojuelos con expresión ansiosa.
—¡Adiós, filla mehua! —gritaba la madre de Marieta—. ¡Adiós!...
Y lloraba abrazándose a su hija, como si la viera en peligro de muerte.
Pero el padre, el viejo carretero, que llevaba media bodega en la panza, protestaba con lengua torpe y socarrona indignación: ¡Redéu! No parecía sino que a la chica la habían sentenciado y la llevaran al carafalet. Vamos, hombre, que era cosa de caerse de risa. ¿Tan mal le había ido a la madre cuando se casó?
Y empujaba a su vieja para desasirla de Marieta, que también derramaba lágrimas; y entre suspiros y gimoteos fueron hasta la puerta, que cerró el tío Sènto, pasando después los cerrojos y la cadena.
Ya estaban solos. Arriba, en el granero, dormía la tía Pascuala; en la cuadra se acostaban los criados; pero en el piso bajo, en la parte principal de la casa, solo estaban ellos entre los desordenados restos del banquete y a la luz vacilante de un velón monumental.
Por fin ya la tenía: allí estaba sentada en una poltrona de esparto, encogiéndose como si quisiera achicarse hasta desaparecer.