El tío Sènto estaba intranquilo, y en la vehemencia de su pasión senil no sabía qué decir. ¡Recordóns! no le había ocurrido lo mismo cuando se casó con Tomasa. Lo que hace la edad.
Por algo tenía que empezar, y rogó a Marieta que entrase al estudi. ¡Pero bonita era la chica! ¡Criatura más terca y arisca no la había visto el tío Sènto!
No; ella no se meneaba, no entraba en el estudi aunque la matasen; quería pasar la noche en aquel sillón.
Y cuando el novio intentaba acercarse, replegábase medrosica como un caracol, faltándole poco para hacerse un ovillo sobre el asiento de cuerda.
El tío Sènto se cansó de tanto rogar. Bueno; ya que ese era su capricho, que pasase buena noche.
Y agarrando rudamente el velón se metió en el estudi.
Marieta tenía un horror instintivo a la oscuridad. Aquella casa grande y desconocida, la causaba miedo; creyó ver en la sombra la cara ancha y pecosa de la siñá Tomasa, y trémula, con paso precipitado, creyendo que alguien la tiraba de la falda, se metió en el estudi siguiendo a su marido.
Ahora se fijaba en aquella habitación, la mejor de la casa, con su sillería de Vitoria, las paredes cubiertas de cromos religiosos con apagadas lamparillas al frente y sus colosales armarios de pino para la ropa.
Sobre la ventruda cómoda, con agarraderas de bronce, elevábase una enorme urna llena de santos y de flores ajadas; rodeábanla candelabros de cristal con velas amarillas, torcidas por el viento y moteadas por las moscas; cerca de la cama la pililla de agua bendita, con la palma del domingo de Ramos, y junto a ellas, colgando de un clavo, la escopeta del tío Sènto; un mosquetón con dos cañones como trabucos, cargados siempre de perdigón gordo por lo que pudiera ocurrir.
Y como suprema muestra de magnificencia, como complemento del mueblaje, aquella cama famosa de la siñá Tomasa, complicada fábrica de madera tallada y pintada, ostentando en la cabecera media corte celestial, y con un monte de colchones, cuya cima cubría el rojo damasco.