El marido sonreía satisfecho de su triunfo.
¿No veía ella cómo por fin entraba? Debía obedecerle siempre y no ser tonta. Él solo deseaba su bien, por lo mismo que la quería mucho.
El viejo, a pesar de su rudeza, decía esto con expresión dulzona, como si aún tuviera en su boca algún confite de la comida, y extendiendo las manos con audacia.
—Estigas quiet —decía Marieta con voz sofocada por el miedo—. No s’acòste.
Y mudaba de sitio, huyendo de su marido. Iba de una parte a otra mirando con ansiedad las paredes, como si esperara ver en ellas un agujero, algo por donde poder escapar.
Si no sintiera tanto miedo en la oscuridad, pronto hubiera abierto la puerta del estudi, huyendo de aquella lucha insostenible.
El tío Sènto la concedía una tregua e iba desnudándose con resignada calma.
—¡Pero qué tonta eres! —decía con entonación filosófica.
Y repetía la frase un sinnúmero de veces, mientras se quitaba las alpargatas y los pantalones de pana, desliándose la negra faja para que el vientre recobrase su hinchada elasticidad.
Oyose a lo lejos el reloj de la iglesia dando las once.