Era ya hora de acabar aquella situación ridícula; ¿se acostaba Marieta, sí o no?

Y el tío Sènto hizo con tal imperio la pregunta, que la novia levantose como un autómata, volvió su rostro a la pared y comenzó a desnudarse con lentitud.

Quitose el pañuelo del cuello, y después, tras largas vacilaciones, el corpiño fue a caer sobre una silla.

Quedó al descubierto el ceñido corsé de deslumbrante blancura, con arabescos rojos; y más arriba la morena espalda de tonos calientes, como el ámbar, cubierta de una suave película de melocotón sazonado y rematada por la cerviz de adorable redondez, erizada de rizados pelillos.

Aproximábase el tío Sènto cautelosamente, moviéndose al compás de sus pasos el blanducho y enorme abdomen. No debía ser tonta: él la ayudaría a desnudarse.

E intentaba meterse entre ella y la pared para verla de frente y apartar aquellos brazos cruzados con fuerza sobre el exuberante y firme pecho, oprimido por las ballenas del corsé.

¡No vullc! ¡no vullc! —gritaba con angustia la muchacha—. ¡Apartes d’ahí!... ¡Fuxca!

Con fuerza inesperada empujó aquella audaz panza que la cerraba el paso, y siempre ocultando su pecho, fue a refugiarse entre la cama y la pared.

El tío Sènto se amoscaba. Aquello ya pasaba de broma, y él no se sentía capaz de contemplaciones. Fue a seguir a Marieta en su escondrijo, pero apenas se movió, ¡redéu! parecía que el pueblo se venía abajo, que la casa era asaltada por todos los demonios del infierno, o que había llegado el juicio final.

¡Vaya un estrépito! Eran latas de petróleo golpeadas a garrotazo limpio; cabezones agitando sus innumerables cascabeles, enormes matracas y grandes cencerros sonando todos a un tiempo, y al poco rato disparáronse cohetes que silbaban y estallaban junto a la reja del estudi. Por las rendijillas de las maderas penetraba un resplandor rojizo de incendio.