Era la siñá Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento venía a hablar con el cura.

La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su amiga. Como buena cristiana sabía el respeto que se debe a un representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad? Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había llevado de pañales a la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba a hacerle tales pamplinas a un chico a quien consideraba como hijo? Aparte de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si no vivieran el tío Bollo y la siñá Tomasa, Toneta y ella eran capaces de irse con él como amas de llaves; pero ¡ay, hijo mío! no iba el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por Chimo el Moreno, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir, mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre; el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de unos pantalones, y como el Moreno servía para el caso (siempre mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se casara.

Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su aprobación.

Bueno; pues a eso se había acercado ella... ¿A qué? A decirle que Toneta quería que fuese él quien la casase. ¿Teniendo un capellán casi en la familia, para qué ir a buscarlo fuera de casa?

El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los casaría.

III

El día en que se casó Toneta, fue de los peores para el nuevo adjunto de la parroquia de Benimaclet.

Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojose en la sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le aquejase oculta dolencia.

El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha, y con su ambiente de hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.

Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado a todas las fatigas del campo!