Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido a celebrar la boda de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.
Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo; experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo que era suyo.
Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi a sus pies aquella linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan hermosa a Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los ojos cada vez que miraba al Moreno, que estaba soberbio con su traje nuevo y su ringlot azul de larga esclavina.
Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez a Toneta. La hermana ideal, que en su imaginación casi se confundía con la figura azul que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.
Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca siempre sonriente, y que miraba a Toneta como esas imágenes de lindo rostro que bajo las vestiduras de oro solo guardan los tres puntales que sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del Malo con que abate las más fuertes virtudes.
Odiaba al Moreno, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho, pero no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que estaba arrepentido de haber realizado la boda.
Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia que se revolvía en forma de murmuración.
Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto molestaba menos al cura.
Se iría a casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva nupcial que estaba esperándole, pues la siñá Tona se oponía a que se hiciera nada sin la presencia de su Visantet.
Y por más que se resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del que tantos recuerdos guardaba, y entre las faldas rameadas y coloridas como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de vida, fuesen los de un viejo achacoso.