Por fortuna estaban presentes los Bandullos mayores, gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban a Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían al oído, excusando la embriaguez del pequeño:

No fases cas: está bufat.

Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso. Se crecía ante el silencio e insultaba sin miedo alguno.

Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos embusteros. Valientes de matamòrta como los melones malos. Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor; mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le hacía corrococos a María la Borriquera, la cordobesa que cantaba flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy bruto; tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.

Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y extendiendo aquel brazo musculoso y potente, que era un verdadero ariete.

Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:

Això es mentira. ¡Mocós!

Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fue recto a los ojos, separándolo Pepet de una zarpada e hiriéndose el dorso de la mano con los vidrios rotos.

Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron dentro lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió a relucir un verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.

La reunión dividiose instantáneamente en dos bandos. A un lado los Bandullos cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían a emanciparse, y al otro, rodeando a Pepet, todos, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.