Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los otros empezaran.

¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había insultado a un hombre, y de hombre a hombre no va nada.

Al fin, el reñir es de hombres.

Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se sabe; hay que estar a todo. Dejar sitio y que se las arreglen los hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros por la superioridad del número, colocáronse ante los Bandullos mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente. Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran inútiles. Estaban frente a frente los dos enemigos, a la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las telarañas que envolvían las uvas.

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro, junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.

Iba a correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.