El bicho maldito no se inquietaba y seguía insultando. ¡A ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la tanda al suelo.
Y vaya si se atracó. Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa, encorvando su musculoso pecho con el impulso irresistible de una catapulta.
De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño Bandullo, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza, que casi lo levantó en el aire.
Cayó el chicuelo llevándose ambas manos al costado, a la desgarrada faja, que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante a un aplauso.
¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.
Los Bandullos lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como dispuestos a cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.
Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor, de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aún no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y mala intención.
El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre la faja, fue llevado por sus hermanos a la tartana, que aguardaba cerca de la alquería desde que trajo por la mañana todo el arreglo de la paella.
¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están en desgracia.
Y la tartana se alejó dando tumbos, que arrancaban al herido rugidos de dolor.