Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió a guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.
El ribereño había crecido desmesuradamente a los ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso a Valencia, por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos a otros para darle consejos.
A la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía a quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus hermanos para enseñarle la obligación.
A quien debía mirar de lejos era a los Bandullos que quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos, lo importante era pegar, y si no podían de frente, lo mismo les daba a traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.
Pero al valentón ribereño aún le duraba la excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había venido a Valencia para pegarles a los Bandullos; donde estaba él no quería más guapos; ya había asegurado a uno; ahora que fuesen saliendo los otros y a todos los arreglaría.
Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.
Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos. Conque... ¡largo, y hasta la vista!
¡Qué hígado de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de relatar en cafetines y timbas la caída de los Bandullos, añadiendo con aire de importancia que habían presenciado la terrible gabinetá de aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.
Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos. No había más que verle a las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.
Iba a la Peña, a oír a su adorada novia la Borriquera.