Y el tímido labradorcillo, retrocediendo ante la iracunda bruja, protestaba con voz débil, repitiendo siempre la misma excusa. Era el hijo de la tía Pascuala, a la que todo Paiporta conocía, el ama de Marieta; ¿no era bastante?

Pero ni el nombre de la tía Pascuala ni el del mismo Espíritu Santo ablandaba a la portera y a su fiera escoba, y Nelet, retrocediendo, se vio en la calle y allí se quedó como un bobo frente a una pared vieja: arañando los sueltos yesones y espiando con el rabillo del ojo las evoluciones de la vieja. La vio sumirse en el cuchitril de la portería y cautelosamente entró en el portal, lo cruzó sin ser visto y subió por la escalera de antiguos azulejos, tirando tímidamente del borlón de estambre que colgaba ante la enorme y conventual puerta del primer piso.

No fue poco lo que se rio la criada, bravía moza de las montañas de Teruel, al abrir la puerta y encontrarse con aquel monigote panzudo que abultaba menos que su capazo.

¿Qué buscaba? Allí tenían quien se llevara el estiércol. Y Nelet, turbado por el buen humor de la churra no sabía qué decir.

Pero de pronto se abrió para él el cielo. O lo que es lo mismo, vio asomar por detrás de la falda de la criada una cara morena, prolongada y huesosa, con los rebeldes pelillos estirados cruelmente hacia el cogote, los ojos grandes y negros, animados por una chispa de eterna curiosidad y el cuerpo zancudo y desgarbado por prematuro crecimiento.

La niña le reconoció en seguida: no en balde transcurren dos años durmiendo bajo el techo de la barraca y en la misma cama y se pasan los días junto a la acequia, tendidos sobre el vientre, con la cara teñida de zumo de zanahorias. Era Nelet, el hijo del ama.

Lo cogió de la mano con cierto aire de muchacho, propio del desgarbo con que llevaba las faldas, y los dos se dirigieron a la cocina seguidos por la sonriente churra, a quien la hacía gracia el aire tímido y enfurruñado del chiquillo.

II

Llegó a su barraca con la espuerta sin llenar, pero no pudo decir que le había ido mal en su primera expedición.

Aquella churra le quería de veras, desde que supo que era nada menos que hermano de la señorita. Ella misma le llenó el capazo vaciando todo el basurero de la cocina, sin importarle lo que pudiera murmurar el femater de la casa, un viejo que podía alegar los derechos adquiridos en once años. Nelet le desbancaba, y la buena muchacha, para afirmar su protección, le regaló con media cazuela de guisado de la noche anterior y una montaña de mendrugos que el chico iba tragándose con la calma de un rumiante, pensando que si duraba mucho la buena racha, iba a ponerse tan redondo y frescote como el cura de Paiporta.