Pues ¿y Marieta? Le miraba comer con alegría, como si fuera ella misma la que saboreaba el guisado con hambre atrasada. Hasta quiso que le dieran vino, y apenas le veía hacer un descanso, pasaba revista a todos los de allá, preguntando cómo estaba el ama, si tenía muchos animales, si el padre aún iba por los caminos, si vivía el Negret, aquel perrillo seco, almacén de pulgas que aullaba como un condenado apenas se acercaban a la barraca, y si la higuera, tan frondosa en verano, soltaba aquella lluvia de lagrimones negros y suaves que caían ¡chap! dulcemente en el suelo, despachurrando la miel y el perfume de sus entrañas rojas.

Y después tras el substancioso atracón, llegó para Nelet el momento de los asombros, viendo la colección de muñecas, los vestidos, los sombreros, todos los regalos con que el escribano obsequiaba a su hija. Bien se conocía que esta era única, que había quedado sin madre casi al nacer y que el viejo don Esteban no tenía otro cariño a que dedicar los buenos cuartos que arañaba en el juzgado.

Seguía a su Marieta por toda la casa, admirando las magnificencias que la chiquilla le mostraba con mal cubierta satisfacción de amor propio. El salón le anonadó con sus sillerías del primer tercio de siglo y sus adornos, que evocaban el recuerdo de las almonedas judiciales; pero su admiración trocose en espanto ante una puerta entornada. Allí dentro trabajaba el papá, con sus dos escribientes y se oía su voz campanuda: Providencia que dicta el señor juez... etc.

¡Cristo! aquello asustaba a Nelet más que los municipales, y emprendió la vuelta hacia la cocina.

En fin, que su primera visita le hizo experimentar la satisfacción del que se halla establecido y cuenta con clientela.

Entraba por las mañanas en la ciudad tomando al paso lo que buenamente encontraba en las calles, y recto a aquel caserón, donde se colaba como si fuese un inquilino.

La bruja de la portera se guardaba ahora su escoba y hasta le protegía, recomendándolo a las criadas de los otros pisos, y en el principal tenía a la churra, que siempre encontraba en los rincones de la despensa algo sobrante que antes era para los gatos y ahora se tragaba Nelet.

¡Qué mañanas aquellas! Llegaba cuando la casa estaba en el revoltijo del despertar. Los escribientes en el despacho se soplaban las manos preparándose a agarrar las plumas y ensuciar papel de oficio, la churra por allá dentro levantaba camas, dando furiosas bofetadas a los colchones, y Marieta, de trapillo, con la cabeza espeluznada y una faldilla a media pierna, arañaba los pasillos con la escoba, para dar gusto al papá, que quería una chica muy mujer de su casa.

Y en el comedor encontraba a don Esteban, el terrible escribano, imagen para Nelet de la justicia, que puede pegar y meter en la cárcel, sentado ante humeante chocolate, con las gafas caladas para leer el periódico y murmurando automáticamente al entrar el muchacho:

—Hola, chiquillo, ¿cómo está la tía Pascuala?