Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.

Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años desaparecería sin dejar rastro.

—Más vale así—dijo el doctor.

—Sí: mejor es que haya huido.

Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una sombra de felicidad á la que agarrarse.

Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el desfallecimiento del hambre.

—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.

—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el millonario.—¡Qué sé yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí y llamarte. Tú eres lo único que me resta...

Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.

—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.—Yo me conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!