Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego que no osase moverse é implorase un guía.
—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo que yo te puedo decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...
El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! ¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin ilusiones!
—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con autoridad.—Ni estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no conocerás la infidelidad, ni los celos.
El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.
Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la separación moral en que vivían.
El doctor le escuchaba pensativo.
—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto asombro.—Pues vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.
Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.
—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única solución que puedo ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...