El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. ¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...
Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, más de una hora.
—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.
—¡Se va!... ¿Y por qué?...
—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa de la juventud.
Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...
Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último momento.
Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los ojos.
Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos eternamente por la misma cadena.