—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... ¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.
El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se marchaba.
El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras del joven, se convenció de que éste mentía.
Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.
—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con repentino enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...
El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de Las Arenas.
—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.
Y estrechó con efusión la mano del joven.
Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por tantas emociones, se dejó caer en el sillón.
—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.