—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que ahora encontrarás allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún es á qué precio vas á pagarla.
VIII
El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los recuerdos del millonario.
De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los negocios minaban su salud.
—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero cuando no me llama sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta que éste le llamase.
Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.
—No es que yo crea que va á morir—dijo el capitán—pero muchacho, anda muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina parece otra; nunca la he visto tan alegre.