Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la daban el aspecto de una beata.
Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura del agradecimiento.
En fin, querido planeta—continuó el capitán—que parecen unos novios. No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, completamente.
Aresti sonreía.
—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un nido de amor?
—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta vacilación.—Me gusta que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de Nicanora, el aña? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me rompieran la cabeza cuando al sitio!...
—Y Pepe ¿qué dice?...
—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir á verle.
—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: allí no hago yo falta.
—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el Capi es muy franco. Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la mala cara que pueda hacerte tu parienta!...