Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.

Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el médico.

Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de grandeza.

Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el abogado, cuyas palabras le irritaban.

—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.

Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los Jaunes prudentes y valerosos; cuando la mala peste del maketismo no había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus descendientes habían derrotado á los guiris y los ches de pantalones rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus libertades.

Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.

—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura gritaban ¡sabelian, sabelian sarrtu! avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos de costras.

Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que la discusión no quedase ahogada.

—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.