Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.

Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...

Aresti le interrumpió:

—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.

Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! ¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. ¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse engañar por absurdas propagandas...

¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las cuestiones del trabajo?...

Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.

El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su pensamiento.

A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.

El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.