—No entiendo esa moral—dijo á Aresti con voz ruda.—Nada me importa: esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...

Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...

—A eso conduce vuestra moral—añadió con dureza.—A hacer infeliz á una pobre criatura, buena como una santa.

Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.

Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento ruidoso y que no volviese.

—Ya que no crees en nada de la religión—dijo tras una larga pausa, con una sonrisa dulce que daba miedo,—tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es para tí nuestro divino redentor?

¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos ojos azules que le miraban con desprecio!...

—¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.

Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.

—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú consientes estas atrocidades en tu casa?