Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.

—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su esposo.—No quiero escuchar más á este hombre.

Y dirigiéndose á Pepita, añadió:

—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.

Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de «poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar al tío y acabó por marcharse en busca de las señoras.

Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el silencio.

—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo una mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.

—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con ansiedad.—De seguro que estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has estado fuertecito...

—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza que ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas muy feliz.

—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: ya sabes que otras veces también habéis regañado...