El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales, muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de actividad.
Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con Cordón Rouge. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus enemigos.
Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso. ¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!... Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los acompañantes del Chiquito, se colocaban á ambos lados quitándose las chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su corpulencia; mugían ¡haup, haup! con toda la fuerza de sus pulmones, como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del barrenador.
El Chiquito cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran cosa.
—¡Arrea, ladrón!—mugían sus ricos padrinos—¡Fuerza... porrones! ¡Me caso con tu madre!...
Y de este modo iban intercalando en el continuo ¡haup, haup! toda clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para caer de nuevo en el desaliento.
Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El Chiquito estaba en la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor del guipuzcoano.
Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna próxima.