Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.

Dentro del casino encontró al Chiquito tendido en una banqueta, envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones algunos de las minas.

—¿Qué dice usted de esto, doctor?—preguntaron á Aresti con desesperación.

Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne, le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el vencido.

Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían atiborrado á todas horas.

—¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne. Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces en las minas.

Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra toda amistad.

El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.

—¡Don Luis! ¡Don Luis!...

Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del hospital.