Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los señores.
—Me iré—gemía.—¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el primer barco que salga para América.
Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al Chiquito: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador. Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores tan fanfarrones: él no era más que un mandado. Su contrincante le esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.
Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.
Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las tabernas. Los versolaris, cada vez más ebrios, espoleados por el gran suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el regocijo de los aldeanos.
Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa lucha durante la velada en la casería.
En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un aurresku, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un ágil bailarín que era el conductor del aurresku lo iniciaba con el paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la rancia nobleza admitiendo el aurresku con campesinos y marineros. Era una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de París.
El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel aurresku no le llamaba la atención; él los había visto danzados por reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto aurresku bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.
Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del lugar de la derrota.
El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería era como una antesala del convento.