A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.
Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.
El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si quisieran ser conocidos de lejos.
La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación, enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.
Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las provincias de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de dominación universal.
El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa del santo.
En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San Ignacio?...
Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas cuantas piezas de cobre.