—Ahora mismo saldrá el hermano.
Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.
La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe, y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes, que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de caballerías.
Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva, el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea, sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.
Se abrió la portería y salió el hermano.
—¡Santos y buenos días!—dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada al visitante.
Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.
Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin turbar el aislamiento de los Padres.
Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no pudiendo entrar en el monasterio.
Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos encuadramientos.