Sin saber por qué, sintió la necesidad de deslumbrar con un embuste al simple lego, el cual parecía convencido de que la humanidad entera se interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo hombre ignorase dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.
—¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!—exclamó el hermano mirándolo con cierta admiración, como si de repente creciese ante sus ojos.
—Sí—dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de mentir, para que le admirase aquel pobre hombre.—Estuve cuando la última peregrinación.
El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no era Aresti para él uno de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la curiosidad; muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía considerarse como de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo todo minuciosamente, desbordándose en palabras, con la locuacidad del que pasa mucho tiempo condenado al silencio.
Se detuvo en una puertecita inmediata al altar, inclinándose para ceder el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña habitación, sin otro adorno que un retablo.
—Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,—dijo con voz meliflua—y aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de caballerías para entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él, hizo que nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa. Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado por la gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.
Después, el lego buscó en la pared, señalando una grieta que la cruzaba.
—Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve mejor; llega hasta el suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la hizo el diablo. En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios, tembló el suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del santo.
—Sería de rabia—dijo Aresti con gravedad imperturbable.
—De rabia y de miedo—contestó el hermano con modestia.—Tal vez el maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar nuestra Orden.