Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de la capilla. Cada vez que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas, causando la admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta oración. El cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras el cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa que quisiera tocar el cielo.
—En esta habitación—dijo el lego—nació nuestro santo fundador. Aquí tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa. Usted habrá oído hablar de ella....
Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo con cierta impaciencia:
—Pero usted sí que sabrá quién era el hermano Garrido.
—¡Oh! mucho—dijo Aresti, que oía por primera vez este nombre.
—Ya esperaba yo—continuó el lego—que un señor como usted conocería al hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo apenas pase el tiempo preciso.
Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si fuese una celebridad universal, bastando citar su nombre para que todos repitiesen sus glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano Garrido, se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los frailes, en los primeros años del reinado de Isabel II.
—Entonces—dijo Aresti—los padres de la Compañía, avisados con tiempo no serían víctimas de las turbas.
—A algunos mataron en el Colegio Imperial de Madrid—contestó el lego.—El hermano Garrido era modesto, y se calló la revelación, no haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de los asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún día un santo más de nuestra Orden.
Había terminado la visita á la casa de San Ignacio. De un momento á otro llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la capilla. Pero el hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel señor devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.