Los claustros estaban adornados con antiguos retratos faltos de valor artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los Padres más famosos de la Compañía por las aventuras y peligros de su existencia; los propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la tierra en la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su carácter y sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde se establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas y gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por el Norte de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. Otros vestían la bota floreada de la aristocracia china: habían sido mandarines, llegando á aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y además de estos arriesgados viajeros, felices en sus aventuras, figuraban los mártires, los que habían perecido bajo las flechas de los tártaros ó los sables de los japoneses. El Asia, con sus enormes imperios catalépticos é insensibles, había tentado á aquellos propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.
Aresti vió todo el resto del monasterio: el refectorio, con su púlpito para la lectura; la capilla, en la que hacían los hombres sus ejercicios espirituales, colocando los Padres á la puerta una bandeja para que los jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á la Virgen; la cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres platos sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo único, pues en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba prohibido, era mal visto por los superiores.
—Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?—dijo el hermano con el deseo de prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor que le escuchaba con tanta atención.
Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de piedra. En el fondo había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que hablaba el hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles frutales.
Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo camino que seguían ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.
Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí le acometiese de pronto una duda y quisiera salir de ella.
—Es un señor muy rico, ¡muy rico!—dijo el hermano, adivinando su curiosidad.—Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es de Bilbao y que le llaman...
Pero antes de que el lego dijera el nombre, el seglar se volvió oyendo el ruido de los pasos.
—¡Pepe!...—gritó el doctor.
La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á Sánchez Morueta.